Terumá 2026 (VIDEO) / La transformación del sacerdocio después del Becerro de Oro

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Parashat Terumá revela el diseño originario del sacerdocio dentro del proyecto espiritual de Israel. No obstante, dicho diseño solo puede comprenderse en su profundidad cuando se analiza el acontecimiento que lo reconfiguró radicalmente: el pecado del Becerro de Oro.

En su estado inicial, el sacerdocio poseía un carácter universal; posteriormente, tras la crisis del Becerro de Oro, quedó restringido a una estructura específica. De igual modo, la Torá pasó de ser una revelación directa e inmediata a adoptar una forma codificada y mediada. Por consiguiente, no solo cambió la función sacerdotal, sino también la arquitectura espiritual del acceso humano a la presencia divina.

Este estudio examina, a la luz de la Torá, el Talmud y la literatura cabalística, cómo el pecado del Becerro de Oro transformó el sacerdocio, redefinió la estructura de la Torá y reconfiguró el vínculo entre lo humano y lo divino.

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I. El diseño original: una nación sacerdotal

En su concepción primigenia, el plan no contemplaba una élite separada, sino la consagración colectiva de toda la nación como entidad sacerdotal.

La Torá lo expresa con claridad:

“Y vosotros seréis para Mí un reino de sacerdotes y una nación santa.”
(Éxodo 19:6)

Por lo tanto, el sacerdocio no estaba circunscrito a una tribu concreta; más bien, constituía el estado espiritual ideal del pueblo.

Dentro de ese marco, la función sacerdotal recaía particularmente en los primogénitos:

“Conságrame todo primogénito.”
(Éxodo 13:2)

En términos simbólicos, el primogénito encarnaba el primer canal de conexión entre lo humano y lo divino, actuando como mediador natural en cada familia.

Además, este paradigma antecede al Sinaí. Abel ofreció sacrificios aceptables (Génesis 4:4); posteriormente, Noé elevó ofrendas tras el diluvio (Génesis 8:20); asimismo, Abraham edificó altares en distintos momentos de su travesía espiritual (Génesis 12:7). En consecuencia, el Sinaí no instituyó el sacerdocio, sino que lo reveló en dimensión nacional.

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II. La Torá original: inscripción divina y libertad ontológica

Durante la revelación sinaítica, Israel recibió las primeras tablas:

“Las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios.”
(Éxodo 32:16)

Estas tablas representaban un nivel excepcional de revelación, caracterizado por su origen absolutamente divino.

En este sentido, el Talmud enseña:

“No leas ‘grabado’ (jarut), sino ‘libertad’ (jerut).”
(Eruvin 54a)

Así pues, la primera Torá no operaba únicamente como legislación externa, sino como libertad ontológica inscrita en la realidad misma. No se limitaba a informar; transformaba la condición espiritual del receptor.

De igual manera, el Midrash y el Zohar describen la Torá como fuego negro sobre fuego blanco. Mientras el fuego blanco simboliza la luz infinita, el negro representa las letras que delimitan y canalizan esa luz. Antes del pecado del Becerro de Oro, el acceso a dicha luminosidad era más inmediato y menos mediado.


III. El pecado del Becerro de Oro: fractura y reconfiguración

Sin embargo, en Éxodo 32 se produce una ruptura decisiva.

La construcción del Becerro de Oro no constituyó únicamente un acto de idolatría; implicó la instauración de un canal artificial que sustituyó al canal divino legítimo. Como consecuencia, el equilibrio espiritual alcanzado en el Sinaí se fracturó.

Moisés descendió y quebró las tablas:

“Y arrojó las tablas de sus manos, y las rompió.”
(Éxodo 32:19)

Posteriormente, el Talmud afirma que esta acción recibió aprobación divina:

“Bien hecho por haberlas roto.”
(Shabat 87a)

Por ende, la retirada de las primeras tablas no fue arbitraria, sino coherente con la incapacidad del pueblo para sostener un nivel tan elevado de revelación directa.


IV. Del primogénito a la tribu de Leví

A partir de ese momento, el sacerdocio experimentó una transferencia estructural.

En la etapa anterior, la función sacerdotal pertenecía a los primogénitos; tras el Becerro de Oro, fue asignada a la tribu de Leví:

“He tomado a los levitas en lugar de todos los primogénitos.”
(Números 3:12)

Este desplazamiento respondió directamente a la crisis idolátrica. Dado que los levitas no participaron en el pecado, fueron designados para el servicio sagrado. En consecuencia, el sacerdocio dejó de ser una condición universal y se convirtió en una institución delimitada.


V. Las segundas tablas y la codificación de la Torá

Después de la ruptura, Dios ordenó:

“Talla para ti dos tablas de piedra.”
(Éxodo 34:1)

A diferencia de las primeras, estas tablas incorporan la participación humana a través de Moisés. Por tanto, la revelación adopta una modalidad mediada.

Según el Midrash, con las segundas tablas emergen halajot, midrash y agadot. De este modo, la Torá adquiere estratos interpretativos y exige elaboración hermenéutica. Así nace la estructura codificada que caracteriza el desarrollo posterior del judaísmo rabínico.


VI. Pardes: la arquitectura interpretativa

La tradición sistematiza los niveles de interpretación en el esquema del Pardes:

  • Peshat — sentido literal
  • Remez — dimensión alusiva
  • Derash — interpretación exegética
  • Sod — dimensión secreta

En palabras del Zohar:

“La Torá tiene cuerpo, alma y alma del alma.”
(Zohar III, 152a)

Por consiguiente, el nivel Sod se aproxima a la revelación primigenia, aunque permanece velado tras capas interpretativas sucesivas.


VII. El Tzadik como eje espiritual

El libro de Proverbios declara:

“El Tzadik es el fundamento del mundo.”
(Proverbios 10:25)

Asimismo, el Zohar sostiene:

“El Tzadik sostiene el mundo.”
(Zohar I, 59b)

En este marco conceptual, el Tzadik funciona como eje espiritual y canal de la luz divina, ya que accede a niveles profundos de la Torá y vincula lo manifiesto con lo oculto.


VIII. Mashiaj y la restauración escatológica

Finalmente, los profetas anuncian una restauración futura:

“Pondré Mi Torá dentro de ellos, y la escribiré en su corazón.”
(Jeremías 31:33)

“La tierra será llena del conocimiento de YHWH.”
(Isaías 11:9)

De acuerdo con el Zohar, en ese tiempo los secretos de la Torá serán revelados. En consecuencia, la era mesiánica implica la recuperación del nivel original previo al pecado del Becerro de Oro.


IX. Terumá y el Mishkán: institucionalización del acceso

En este contexto, Parashat Terumá describe la construcción del Mishkán como respuesta estructural a la caída.

El Mishkán no solo establece un espacio físico, sino un sistema jerárquico de acceso a la presencia divina. Así, tras la pérdida del acceso directo, se implementa un modelo mediado y regulado. Dicho modelo permite sostener la relación con lo divino dentro de una realidad espiritual ya transformada.


X. Conclusión: una transformación triple

El pecado del Becerro de Oro generó tres modificaciones fundamentales:

En primer lugar, transformó el sacerdocio, que pasó de universal a restringido.
En segundo lugar, alteró la naturaleza de la Torá, que evolucionó de revelación directa a revelación codificada.
En tercer lugar, modificó el acceso a Dios, que dejó de ser inmediato para volverse mediado por profetas y cohanim.

Con todo, los profetas y los sabios subrayan que esta condición no es definitiva. La Torá original no fue anulada, sino velada. Por ello, el proceso espiritual consiste en atravesar las capas externas para redescubrir la luz interna que permanece latente.

En última instancia, ese es el propósito del sacerdocio y, simultáneamente, el propósito profundo de la Torá.

Abel
Abelhttps://lamishna.com
Abel Flores es un periodista e investigador especializado -por más de 20 años- en la intersección entre la historia sagrada y los misterios metafísicos. Su trabajo profundiza en la Mishná, la Biblia y la Kabalá, explorando los códigos, contextos y dimensiones ocultas que conectan la tradición bíblica y rabínica con la evolución espiritual y filosófica del mundo. Combina rigor académico con una mirada crítica y analítica, revelando los vínculos entre teología, religión, poder y conocimiento ancestral.
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