Bereshit (VIDEO) / Toda la Creación fue realizada para (debido) al Mesías

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La parashá Bereshit, correspondiente a Génesis 1:1–6:8, abre la Torá con la creación de los cielos y la tierra, la formación del ser humano, el jardín de Edén, la entrada del pecado, Caín y Abel, las primeras generaciones, Enoc, la corrupción de la humanidad y la aparición de Noaj.

Sin embargo, Bereshit no solamente explica de dónde venimos. También comienza a revelar hacia dónde se dirige la historia.

Desde las primeras líneas de la Torá aparecen, como semillas, los grandes temas que después recorrerán toda la Escritura: luz y oscuridad, orden y caos, vida y muerte, la imagen divina y la degradación humana, el justo perseguido por el impío, el exilio y el retorno, el juicio y la misericordia, la derrota de la serpiente, la restauración de la creación y el descanso final bajo el reinado de Dios.

Dentro de esta perspectiva surge una afirmación extraordinaria de la tradición rabínica: el mundo fue creado por causa del Mashíaj.

El Talmud registra esta enseñanza como la opinión de rabí Yojanán en Sanedrín 98b. El mismo pasaje presenta otras opiniones: Rav afirma que el mundo fue creado por causa de David, mientras que Shmuel lo relaciona con Moshé. Por ello, es importante precisar que la afirmación sobre el Mashíaj pertenece específicamente a rabí Yojanán y no constituye una declaración rabínica unánime.

La lectura apostólica lleva esta idea todavía más lejos al presentar al Mesías como aquel por medio de quien y para quien fueron creadas todas las cosas —Juan 1:1–3; Colosenses 1:15–17; Hebreos 1:2—.

Así, Bereshit permite contemplar una idea central: la creación no solamente tuvo un comienzo; tuvo desde el comienzo un propósito.

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El final fue revelado desde el principio

La interpretación apostólica enseña que las Escrituras fueron inspiradas por Dios —2 Timoteo 3:16— y que la Torá, los Profetas y los Escritos conducen hacia el Mesías —Lucas 24:27, 44; Juan 5:39—.

Para estudiar las revelaciones mesiánicas presentes en Bereshit conviene distinguir tres niveles de interpretación.

El primero es el peshat, es decir, el sentido directo y contextual del texto. El segundo corresponde al derash y al sod, las interpretaciones midrásicas y místicas desarrolladas dentro de la tradición judía. El tercero es la lectura mesiánica apostólica, mediante la cual los Escritos Apostólicos relacionan los acontecimientos y patrones de Bereshit con el Mesías.

Estas dimensiones no deben confundirse. Una interpretación mesiánica puede revelar un significado espiritual profundo sin convertirse automáticamente en el único significado literal del pasaje. De igual manera, es necesario evitar atribuir a Rashí, al Talmud o al Midrash conclusiones que realmente pertenecen a una lectura apostólica posterior.

La revelación que atraviesa Bereshit es poderosa: antes de que apareciera el pecado, Dios ya había establecido el propósito de la creación; y desde el momento de la caída comenzó a revelar el camino de la restauración.

Bereshit: una creación orientada hacia el Mashíaj

La Torá comienza:

“Bereshit bará Elohim et hashamáyim ve’et haáretz”.

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra” —Génesis 1:1—.

La palabra Bereshit contiene reshit, término que puede expresar “principio”, “primicia” o “lo primero”.

Rashí recoge una antigua interpretación según la cual el mundo fue creado por causa de la Torá, denominada reshit en Proverbios 8:22, y por causa de Israel, llamado “primicia de su cosecha” en Jeremías 2:3.

Bereshit Rabbá 1:1 desarrolla otra imagen: la Torá habría funcionado como el plano de la creación. Así como un arquitecto consulta sus planos para levantar un palacio, el Creador contempló la Torá y creó el mundo.

La creación, por tanto, no aparece como accidente ni como una realidad carente de dirección. Posee diseño, propósito y destino.

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El nombre del Mashíaj antes de la creación

Bereshit Rabbá 1:4 menciona seis realidades anteriores a la creación. Algunas fueron creadas y otras estuvieron presentes en el pensamiento divino. Entre ellas aparecen los patriarcas, Israel, el Templo y “el nombre del rey Mashíaj”.

El Talmud conserva una tradición semejante al enseñar que siete cosas fueron creadas antes del mundo: la Torá, la teshuvá, el jardín de Edén, el Guehinom, el Trono de Gloria, el Santuario y el nombre del Mashíaj —Pesajim 54a; Nedarim 39b—.

Esta expresión debe entenderse con cuidado. En el pensamiento bíblico y rabínico, el “nombre” puede representar identidad, autoridad, misión y destino. La tradición afirma así la anterioridad del propósito mesiánico, aunque por sí misma no establece toda la doctrina apostólica acerca de la preexistencia personal del Mesías.

Desde la lectura apostólica, el misterio adquiere una formulación más amplia: todas las cosas fueron creadas por medio del Mesías y para él —Juan 1:1–3; Colosenses 1:15–17; Hebreos 1:2—.

Por consiguiente, la historia no se dirige hacia el Mashíaj como consecuencia de una improvisación divina ante el pecado. El propósito mesiánico precede a la crisis humana.

La luz primordial y la luz del Mashíaj

Las primeras palabras divinas registradas por la Torá son:

“Sea la luz; y fue la luz” —Génesis 1:3—.

El sol, la luna y las estrellas aparecen solamente en el cuarto día —Génesis 1:14–19—. La luz del primer día, por tanto, aparece antes de las luminarias.

Jaguigá 12a enseña que mediante aquella luz Adam podía contemplar desde un extremo del mundo hasta el otro. Cuando Dios vio las generaciones corruptas del Diluvio y de la dispersión, ocultó esa luz y la reservó para los justos del mundo venidero.

De esta tradición surge el concepto del Or HaGanuz, la “luz escondida”: una imagen relacionada con revelación, discernimiento y manifestación del orden divino.

“Esta es la luz del Mashíaj”

Pesikta Rabbatí 36 relaciona la luz esperada por Israel con la luz del Mashíaj, vinculándola con Génesis 1:4: “Vio Dios que la luz era buena”.

No se trata del significado literal exclusivo de Génesis 1:3, sino de una interpretación midrásica. Sin embargo, contiene una idea fundamental: creación y redención pertenecen al mismo propósito divino. La redención no destruye la creación, sino que la conduce hacia su plenitud.

Isaías anuncia:

“Levántate, resplandece, porque ha venido tu luz” —Isaías 60:1—.

Y también:

“El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz” —Isaías 9:1 en la numeración hebrea; 9:2 en otras versiones—.

Los Escritos Apostólicos aplican este lenguaje al Mesías —Mateo 4:12–16; Juan 1:4–9; 8:12—.

El mismo Dios que ordenó la aparición de la luz en medio de las tinieblas hace resplandecer el conocimiento de su gloria —2 Corintios 4:6—.

Luz frente a oscuridad

Génesis 1:4 declara que Dios separó la luz de las tinieblas.

Esta distinción constituye también un poderoso principio espiritual. La redención mesiánica no consiste en llamar luz a la oscuridad, sino en recuperar la capacidad de discernir la verdad, la justicia, la santidad, la sabiduría y la esperanza.

Nuestra generación dispone de cantidades extraordinarias de información, pero información no significa necesariamente luz.

La luz bíblica permite contemplar la realidad desde la perspectiva del Creador.

Frente al caos, la primera acción divina no fue abandonar la creación: fue iluminarla.

El Espíritu sobre el abismo y el espíritu del rey Mashíaj

Génesis 1:2 describe una tierra en condición de tohu y bohu, cubierta por oscuridad sobre el abismo.

Sin embargo, sobre las aguas se mueve el Rúaj Elohim, el Espíritu de Dios.

La palabra hebrea merajéfet transmite la idea de revolotear o moverse sobre algo. Antes de que aparezca el orden visible, el Espíritu ya está presente y actuando.

Los imperios y el Mashíaj

Bereshit Rabbá 2:4 desarrolla una interpretación histórica de Génesis 1:2.

El Midrash relaciona tohu con Babilonia, bohu con Media-Persia, la oscuridad con Grecia y el abismo con el dominio de Edom o Roma.

Después declara:

“El Espíritu de Dios se movía: este es el espíritu del rey Mashíaj”.

El escenario inicial de la creación se convierte así, dentro de esta lectura midrásica, en una imagen de la historia: imperios, opresión, oscuridad y finalmente la esperanza mesiánica.

Esta interpretación encuentra una relación temática con Isaías 11:2:

“Reposará sobre él el Espíritu de Adonái: espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y poder, espíritu de conocimiento y temor de Adonái”.

Mashíaj y teshuvá

El mismo Midrash relaciona la llegada del espíritu mesiánico con las aguas, interpretadas como símbolo de teshuvá a partir de Lamentaciones 2:19: “Derrama como agua tu corazón ante la presencia del Señor”.

La expectativa mesiánica, entonces, no debería conducir a la pasividad.

Esperar al Mashíaj implica retorno a Dios, arrepentimiento, justicia y transformación del corazón.

La profecía no fue entregada únicamente para satisfacer la curiosidad sobre fechas, guerras o acontecimientos futuros. Su propósito es producir fidelidad.

Adam, la imagen divina y el reinado restaurado

Dios declara en Génesis 1:26:

“Hagamos al ser humano a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y ejerza dominio…”.

La expresión tzelem Elohim, “imagen de Dios”, expresa la dignidad, responsabilidad y vocación representativa del ser humano.

Adam debía reflejar el gobierno del Creador dentro de la creación.

Ese dominio no constituye una autorización para destruir. Génesis 2:15 declara que Adam debía cultivar y guardar el jardín. Los términos hebreos avdá y shamrá expresan trabajar o servir y guardar o proteger.

El verdadero gobierno bíblico implica responsabilidad sobre aquello que Dios ha confiado.

La pérdida del dominio

Después del pecado, la humanidad conserva la imagen divina —Génesis 9:6—, pero su ejercicio queda profundamente deteriorado.

El dominio se transforma en dominación; el trabajo, en fatiga; la relación, en acusación; la fecundidad, en dolor; y la vida termina regresando al polvo.

La tentación de Génesis 3 resulta especialmente significativa. La serpiente promete: “seréis como Dios”.

Sin embargo, Adam y Javá ya habían sido creados a imagen de Dios.

La tentación consistía en intentar alcanzar mediante rebelión aquello que solamente podía desarrollarse correctamente mediante comunión y obediencia al Creador.

El Mesías como restaurador de Adam

El Salmo 8 recupera el lenguaje de Génesis al describir al ser humano coronado de gloria y honor y encargado de las obras divinas.

Sin embargo, la humanidad no ha ejercido perfectamente ese dominio.

La interpretación apostólica presenta al Mesías como el último Adam —1 Corintios 15:45–49— y contrasta la desobediencia del primer Adam con la obediencia del Mesías —Romanos 5:12–19—.

Hebreos 2:5–9 aplica el Salmo 8 a Yeshúa: todavía no vemos todas las cosas sometidas al ser humano, pero vemos al Mesías coronado de gloria.

Desde esta perspectiva, la misión mesiánica no se limita a una liberación política. Implica la restauración de la vocación humana.

Donde Adam desobedeció, el Mesías obedece. Donde Adam perdió el acceso al árbol de la vida, comienza la restauración de la vida. Donde apareció la acusación, surge la reconciliación. Donde el dominio humano produjo violencia, el reinado mesiánico apunta hacia la justicia. Y donde entró la muerte, aparece la esperanza de la resurrección.

El Shabat y el mundo venidero

La creación culmina con el séptimo día —Génesis 2:1–3—.

El Shabat no aparece simplemente como una interrupción del trabajo, sino como la coronación de la creación.

La tradición judía contempla el Shabat como anticipo de olam habá, el mundo venidero. Mishná Tamid 7:4 habla del tiempo futuro como “el día que será completamente Shabat y descanso para la vida eterna”.

El destino de la creación no es el caos, sino el descanso bajo el gobierno de Dios.

Desde esta perspectiva, el Mashíaj no conduce a la humanidad hacia una evasión de la creación, sino hacia su restauración y su Shabat.

La serpiente y la descendencia de la mujer

La serpiente comienza preguntando:

“¿Conque Dios os ha dicho…?” —Génesis 3:1—.

Su estrategia consiste en distorsionar la palabra divina, sembrar sospechas acerca del carácter de Dios y presentar la desobediencia como una forma de libertad.

El proceso continúa: se cuestiona la palabra, se exagera la prohibición, se niegan las consecuencias, el mal se presenta como conocimiento superior, llega la transgresión y finalmente aparecen vergüenza, ocultamiento y acusación.

Entonces Dios pregunta al ser humano:

“¿Dónde estás?” —Génesis 3:9—.

No se trata de falta de conocimiento divino, sino de una invitación para que Adam reconozca su condición.

Génesis 3:15 y la victoria sobre la serpiente

Dios declara:

“Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y su descendencia; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el talón”.

Dentro del peshat, el texto describe el conflicto entre la humanidad y la serpiente. Rashí permanece dentro de esta dimensión y no identifica explícitamente la descendencia con una persona mesiánica.

Sin embargo, algunos tárgumes palestinos desarrollaron una lectura escatológica. Targum Pseudo-Jonatán relaciona la resolución definitiva del conflicto con “los días del rey Mashíaj”, mientras que el Targum de Jerusalén habla de remedio para los hijos de la mujer, pero no para la serpiente.

La datación y composición de Pseudo-Jonatán requieren prudencia. Su testimonio no demuestra que todo el judaísmo anterior al cristianismo interpretara Génesis 3:15 como una profecía mesiánica individual. Sí muestra la existencia de una interpretación mesiánica dentro de la tradición targúmica.

La lectura apostólica contempla en Génesis 3:15 una primera semilla de la victoria del Mesías.

La descendencia de la mujer recibe una herida en el talón, mientras la serpiente recibe el golpe en la cabeza: una imagen de victoria obtenida mediante sufrimiento.

Hebreos 2:14 presenta a Yeshúa participando de carne y sangre para destruir mediante la muerte el poder de quien tenía el imperio de la muerte.

Génesis 3:15 todavía no presenta todos los detalles de la esperanza mesiánica. No menciona a David, Belén, el Siervo sufriente ni la resurrección. Es una semilla cuyo significado se desarrolla progresivamente a través de las Escrituras.

De las vestiduras de piel a las vestiduras de luz

Después del pecado, Adam y Javá fabrican coberturas de hojas —Génesis 3:7—. Posteriormente, Dios les entrega kotnot or, “vestiduras de piel” —Génesis 3:21—.

Bereshit Rabbá 20:12 conserva una tradición singular: en la Torá de rabí Meír se leía kotnot or con álef, “vestiduras de luz”, en lugar de or con ayin, “piel”.

No constituye el texto masorético habitual, sino un juego interpretativo conservado por el Midrash.

El ser humano intenta cubrir su propia vergüenza, pero finalmente es Dios quien lo viste.

Aquí aparece un principio de misericordia: la vergüenza humana no posee la última palabra.

La redención puede describirse así como un cambio de vestiduras: de corrupción a incorrupción, de mortalidad a inmortalidad y de vergüenza a gloria —Isaías 61:10; Zacarías 3:3–5; 1 Corintios 15:53–54—.

Abel, el justo cuya sangre clama

En Génesis 4, la ruptura con Dios se convierte en ruptura entre hermanos.

Caín no puede atacar directamente al Creador, pero ataca al ser humano creado a su imagen.

Abel permanece silencioso en la narración. Su sangre, sin embargo, clama desde la tierra —Génesis 4:10—.

La expresión hebrea aparece en plural, demei ajija, literalmente “las sangres de tu hermano”. Mishná Sanedrín 4:5 interpreta el plural como referencia tanto a Abel como a sus potenciales descendientes.

Yeshúa llama a Abel “justo” —Mateo 23:35—. Hebreos 12:24 establece posteriormente un contraste entre la sangre de Abel y la sangre del Mesías.

Esto no convierte necesariamente el asesinato de Abel en una profecía explícita acerca de la muerte del Mesías. Sí establece un patrón bíblico: el justo rechazado, la violencia contra el inocente y una sangre que demanda respuesta divina.

Caín y una civilización sin transformación del corazón

Caín se aleja de la presencia de Dios y construye una ciudad —Génesis 4:16–17—.

Sus descendientes desarrollan ganadería, música y metalurgia. La Torá no condena estos avances. Lo que revela es algo diferente: el progreso técnico no garantiza el progreso moral.

La descendencia de Caín culmina con Lémec, quien convierte la violencia en poesía y se gloría de una venganza desproporcionada —Génesis 4:23–24—.

Una civilización puede producir herramientas, arte y ciudades mientras continúa espiritualmente exiliada.

Esta advertencia conserva toda su fuerza. El ser humano puede dominar tecnologías, comunicaciones y poderosos instrumentos sin haber aprendido a dominar su propia inclinación al mal.

Los profetas anuncian una civilización diferente: pueblos que transformarán sus espadas en instrumentos de cultivo y dejarán de aprender la guerra —Isaías 2:2–4; Miqueas 4:1–4—.

Esta es una de las imágenes proféticas del orden mesiánico.

Enoc: caminar con Dios en un mundo sometido a la muerte

Génesis 5 repite una frase estremecedora: “y murió”.

La consecuencia anunciada en Edén se ha convertido en el ritmo de la historia humana.

Pero con Enoc la secuencia se interrumpe:

“Caminó Enoc con Dios, y desapareció, porque lo tomó Dios” —Génesis 5:24—.

Enoc representa la posibilidad de caminar con Dios incluso dentro de una generación sometida a la mortalidad.

Su historia no elimina todavía la muerte de la humanidad, pero señala que la muerte no posee autoridad absoluta sobre el propósito de Dios.

La esperanza mesiánica incluye precisamente la derrota final de la muerte —Isaías 25:8; Daniel 12:2; 1 Corintios 15:20–26—.

Noaj: gracia en medio de la corrupción

Bereshit concluye describiendo una humanidad cuyos pensamientos se inclinaban continuamente hacia el mal —Génesis 6:5—.

La tierra se dirige hacia la violencia que posteriormente será descrita mediante la palabra jamás —Génesis 6:11—.

Sin embargo, la última declaración de la parashá introduce esperanza:

“Pero Noaj halló gracia —jen— ante los ojos de Adonái” —Génesis 6:8—.

Bereshit comienza con la creación y termina con la gracia.

El pecado se multiplica, pero Dios preserva un remanente y abre un camino para la continuidad de la vida.

El nombre Noaj aparece relacionado en Génesis 5:29 con el anhelo de consuelo: “Este nos consolará”.

El texto no identifica a Noaj como el Mashíaj. Sin embargo, su historia presenta un patrón de redención: un justo atraviesa el juicio, preserva vida y participa en el comienzo de un mundo renovado.

Yeshúa relacionó los días anteriores al Diluvio con el tiempo de su manifestación —Mateo 24:37–39—. El énfasis del pasaje no exige establecer fechas, sino evitar la indiferencia espiritual de una sociedad incapaz de discernir su propia condición.

Bereshit 5787: Toda la Creación fue realizada para el Mesías

La parashá Bereshit revela que toda la historia humana se desarrolla entre dos grandes realidades: la creación original y la restauración futura.

El Mashíaj no aparece en Bereshit mediante una sola profecía completamente desarrollada. Su figura emerge a través de una constelación de temas, imágenes y tradiciones interpretativas.

Su propósito aparece en el pensamiento divino antes de la creación. Según la opinión de rabí Yojanán, el mundo fue creado por causa del Mashíaj. La luz primordial llega a ser interpretada como luz mesiánica. El Espíritu que se mueve sobre las aguas es llamado por el Midrash “el espíritu del rey Mashíaj”. El dominio perdido por Adam espera restauración. El Shabat anticipa el descanso del mundo venidero. La descendencia de la mujer anuncia la derrota de la serpiente. Las vestiduras de piel evocan, mediante el Midrash, las vestiduras de luz. Abel representa al justo cuya sangre clama. Enoc camina con Dios en medio de una humanidad mortal. Y Noaj encuentra gracia cuando la corrupción parece dominarlo todo.

La enseñanza central permanece: el propósito de Dios es anterior al caos.

Cuando la tierra estaba desordenada, el Espíritu se movía.

Cuando había oscuridad, Dios produjo luz.

Cuando Adam cayó, fue anunciada la derrota de la serpiente.

Cuando Abel fue asesinado, su sangre no quedó olvidada.

Cuando la humanidad se corrompió, Noaj halló gracia.

¿Cómo vivir mientras esperamos la redención?

La expectativa mesiánica de Bereshit conduce a tres actitudes fundamentales.

Teshuvá

El espíritu del Mashíaj aparece relacionado en el Midrash con el corazón derramado como agua delante de Dios.

La preparación para la redención comienza con el arrepentimiento y el retorno al Creador, no con la especulación.

Resistencia moral

Esperar al Mashíaj significa rechazar la lógica de Caín y Lémec: envidia, deshumanización, violencia, venganza y exaltación de la fuerza.

Construcción

Quien espera el reino mesiánico está llamado a anticipar sus valores mediante justicia, verdad, misericordia, reconciliación y protección de la vida.

La expectativa mesiánica tampoco requiere convertir cada guerra, terremoto o crisis política en una fecha profética.

Maimónides advirtió sobre la especulación acerca del fin y sobre convertir los detalles de las narraciones aggádicas en el centro de la fe —Mishné Torá, Hiljot Melajim 12:2—.

Por eso, la verdadera pregunta no es solamente:

“¿Cuánto falta?”

También debemos preguntarnos:

“¿Cómo debemos vivir mientras esperamos?”

Bereshit responde:

Que haya luz en medio de la oscuridad.

Que la imagen divina sea respetada en cada ser humano.

Que volvamos a guardar aquello que Dios nos confió.

Que el hermano deje de levantar su mano contra su hermano.

Que la sangre inocente no sea olvidada.

Que el corazón regrese a su Creador.

Que la esperanza permanezca aun en medio del caos.

El Dios que comenzó la creación llevará su propósito a término.

La serpiente no conservará para siempre su dominio. La oscuridad no podrá extinguir definitivamente la luz. Caín no escribirá el último capítulo de la historia.

Bereshit anuncia que el principio ya contenía el final.

La creación espera su restauración, la luz permanece reservada y el espíritu del rey Mashíaj continúa siendo, en la interpretación del Midrash, la respuesta divina frente al caos.

Desde la lectura apostólica, esta revelación alcanza una declaración todavía mayor: todas las cosas fueron creadas por medio del Mesías y para él.

Por eso, Bereshit no habla solamente del comienzo del mundo.

Habla también de su propósito.

Y desde el principio, ese propósito apunta hacia la redención.

Abel
Abelhttps://lamishna.com
Abel Flores es un periodista e investigador especializado -por más de 20 años- en la intersección entre la historia sagrada y los misterios metafísicos. Su trabajo profundiza en la Mishná, la Biblia y la Kabalá, explorando los códigos, contextos y dimensiones ocultas que conectan la tradición bíblica y rabínica con la evolución espiritual y filosófica del mundo. Combina rigor académico con una mirada crítica y analítica, revelando los vínculos entre teología, religión, poder y conocimiento ancestral.
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